La formula rusa para asegurar el status quo: Medvedev y Putin, signo de continuidad, no de cambio

Esta semana el presidente de Rusia Dmitry Medvedev aceptó los nombres propuestos para formar el gabinete. El resultado: un triunfo para los que aspiraban una continuidad y frustración total para la oposición reformista. El nuevo presidente y el primer ministro Vladimir Putin, trabajarán como una dupla para regir los destinos de república federal.

El interés de Putin era garantizar lo que él ha llamado “la estabilidad del poder.” Cuando las revoluciones rosa y naranja se sucedieron en Georgia y Ucrania el 2003 y 2004 respectivamente, los países occidentales siguieron los acontecimientos con simpatía. La prensa los cubrió como parte del esfuerzo por profundizar la democracia. En el Kremlin, sin embargo, estos acontecimientos fueron vistos bajo una óptica distinta. Para ambos casos, los burócratas rusos creen que las revoluciones no fueron el resultado de la presión ciudadana, sino la incapacidad las elites gobernantes de resolver la cuestión del traspaso del poder.

Para el caso de los rusos, la opción de efectuar cambios constitucionales que permitieran la reelección limitada o ilimitada de Vladimir Putin fue finalmente desechada por considerarla demasiado desestabilizadora en el largo plazo. La elite rusa optó por un camino más elegante para perpetuarse. De acuerdo con un precedente que se remonta al tiempo de los emperadores bizantinos, el actual gobernante “unge” a su sucesor que, ciertamente, no tiene el poder de su predecesor, pero que al colocar a Putin a su lado como subalterno asociado se asegura tanto la continuidad del poder, como también un lapso de tiempo en que el sucesor pueda afirmar con plenitud su autoridad en

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