Henri-Lévy opina: “Caso DSK: cuestión de principios”

Siempre atento a las cosas del mundo, Bernard Henri-Lévy reafirma en cada opinión su pertenencia  a la tradición del “gran intelecutal francés”. De su blog tomo uno de sus textos a proposito del “ruido mediático que acompaña el caso Strauss-Khan, que no tiene en cuenta la presunción de inocencia, puede llegar a ejercer una terrible influencia sobre el tribunal que en su día juzgue los hechos”.

Strauss-Kahn judicializado en Nueya York
Strauss-Kahn judicializado en Nueya York

Mantengo que ese famoso perp walk, esa salida de la comisaría de Harlem bajo los flashes de los fotógrafos convocados por la policía, fue una humillación deliberada y no contribuyó en nada al establecimiento de la verdad.

Mantengo que argumentar que esa prueba es “la misma para todos” es una tomadura de pelo, además de una hipocresía, pues a todos no les esperan los mismos pelotones de cazadores de imágenes preparados para enviar por todo el mundo los clichés de su hombre esposado y ya desacreditado. Ese supuesto trato igualitario es una ilusión que encubre una iniquidad.

Mantengo que al dar esa imagen degradante de Dominique Strauss-Kahn, al insistir torpemente en su confinamiento en una galería de la prisión de Rikers Island reservada a los presos con enfermedades contagiosas y, finalmente, al aderezar su puesta en libertad con unas condiciones dignas de un jefe de la Mafia -y, una vez más, inútilmente hirientes-, han hecho como si ya hubiese sido declarado culpable, atentando así contra el pilar de toda justicia: el principio de la presunción de inocencia.

Mantengo que los tabloides que, desde el primer minuto y antes de que se supiese nada de la versión de los hechos del interesado -por no decir de los hechos a secas-, trataron a Strauss-Kahn de “perverso” (portada del New York Post), se indignaron por su puesta en libertad (el New York Post de nuevo: “El villano se ha librado”) y se hicieron eco de rumores sin verificar, siempre en su contra y que cambiaban cada dos horas (la partida precipitada… el billete comprado a hurtadillas… su aspecto estresado…), se erigieron en jueces en lugar de los jueces, lo que, una vez más, es una infracción de las leyes más elementales del derecho.

Mantengo que hemos visto formarse en torno al presunto inocente Strauss-Kahn un tribunal de opinión que, al revés que el otro, no se para ni en indicios ni en pruebas ni en testimonios contradictorios. Y mantengo que ese tribunal es

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Koszmar, la pesadilla de polacos, chilenos y argentinos.

Mary Koszmary (La pesadilla de María) es una ucronía audiovisual de la artista Yael Bartana. Filmado en Varsovia está rodada en un plano único y dura sólo algunos minutos, pero la potencia de su imagen y guión dan cuenta de una nueva vía de examinar -sencilla y brutal a la vez- la contemporaneidad judía, la europea y más allá.

Jorge Zeballos Stepankowsky.

“¡Judíos, compatriotas… Vuelvan a Polonia, su país!” Exclama con sinceridad ‘el líder’ a una audiencia silente. Si eres judío o conoces la historia del judaísmo polaco te parecerá una afirmación extravagante. Es que el cortometraje Mary Koszmary (pesadilla, en polaco) dirigida por Yael Bartana, una israelí egresada de la Escuela Belzalel, arrebata los sentidos.

El guión es de los polacos Kinga Dunin y Slawomir Sierakowski, quien además personifica al líder. La trama se inicia con los primeros sones del himno nacional de Polonia. De pie sobre el pasto, a contrapicado un hombre joven -‘el líder’- declama la solución para la pesadillas que atacan su nación. En español suena como si se tratara de ‘La pesadilla de María’ (por extensión Polonia). Está vestido como tecnoburocrata, corbata roja, chaqueta de cuero, lentes. La alocución posee el rigor estético del realismo socialista pero lo que conmueve es la audiencia; se trata de unos invisibles “presentes-ausentes”. El líder habla desde el centro de un enorme y vacío estadio, árboles jóvenes y susurrantes que han crecido en las derruidas graderías, parecen mecerse no por el viento sino por sus palabras. El escenario es real. Se trata del hoy abandonado Stadionu Dziesieciolecia de Varsovia, construido en 1954 con los escombros del alzamiento de 1944. Es un complejo y polivalente símbolo del reciente pasado comunista. No hay duda que la secuencia tiene como marco la disputa local sobre que hacer con del patrimonio polaco, siempre entre la demolición y la rehabilitación, el olvido y la anamnesis. El líder exclama:

“Zydzi! Rodaków! Ludzie! Luuuudzie!

Wróc do Polska, do swojego kraju! “

“¡Judíos! ¡Compatriotas! ¡Gente! ¡Geeeente!

¡Volved a Polonia, tu país!”.

Simplemente te eriza los pelos. La israelí Bartana propone jugar a una versión diferente de la historia, la fantasía de una historia distinta, la ucronía. Curioso, análogo a la novela ucrónica de Michel Chabón El sindicato de policía Yiddish (2007), la puesta en escena, el discurso son muy realistas, pero las imágenes y las palabras llegan a los oídos como fantasmagoría pura.

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