Henri-Lévy opina: “Caso DSK: cuestión de principios”

Siempre atento a las cosas del mundo, Bernard Henri-Lévy reafirma en cada opinión su pertenencia  a la tradición del “gran intelecutal francés”. De su blog tomo uno de sus textos a proposito del “ruido mediático que acompaña el caso Strauss-Khan, que no tiene en cuenta la presunción de inocencia, puede llegar a ejercer una terrible influencia sobre el tribunal que en su día juzgue los hechos”.

Strauss-Kahn judicializado en Nueya York
Strauss-Kahn judicializado en Nueya York

Mantengo que ese famoso perp walk, esa salida de la comisaría de Harlem bajo los flashes de los fotógrafos convocados por la policía, fue una humillación deliberada y no contribuyó en nada al establecimiento de la verdad.

Mantengo que argumentar que esa prueba es “la misma para todos” es una tomadura de pelo, además de una hipocresía, pues a todos no les esperan los mismos pelotones de cazadores de imágenes preparados para enviar por todo el mundo los clichés de su hombre esposado y ya desacreditado. Ese supuesto trato igualitario es una ilusión que encubre una iniquidad.

Mantengo que al dar esa imagen degradante de Dominique Strauss-Kahn, al insistir torpemente en su confinamiento en una galería de la prisión de Rikers Island reservada a los presos con enfermedades contagiosas y, finalmente, al aderezar su puesta en libertad con unas condiciones dignas de un jefe de la Mafia -y, una vez más, inútilmente hirientes-, han hecho como si ya hubiese sido declarado culpable, atentando así contra el pilar de toda justicia: el principio de la presunción de inocencia.

Mantengo que los tabloides que, desde el primer minuto y antes de que se supiese nada de la versión de los hechos del interesado -por no decir de los hechos a secas-, trataron a Strauss-Kahn de “perverso” (portada del New York Post), se indignaron por su puesta en libertad (el New York Post de nuevo: “El villano se ha librado”) y se hicieron eco de rumores sin verificar, siempre en su contra y que cambiaban cada dos horas (la partida precipitada… el billete comprado a hurtadillas… su aspecto estresado…), se erigieron en jueces en lugar de los jueces, lo que, una vez más, es una infracción de las leyes más elementales del derecho.

Mantengo que hemos visto formarse en torno al presunto inocente Strauss-Kahn un tribunal de opinión que, al revés que el otro, no se para ni en indicios ni en pruebas ni en testimonios contradictorios. Y mantengo que ese tribunal es demasiado ruidoso, demasiado espectacular y demasiado poderoso para no ejercer, llegado el momento, una terrible influencia sobre el otro, el de verdad, el que intentará establecer los hechos, solo los hechos y nada más que los hechos: Estados Unidos teme y sanciona, con razón, las presiones sobre los testigos; ¿qué decir de esa otra presión, no menos delictiva, que ejercen sobre los jueces los autoproclamados fiscales de la prensa sensacionalista y, desgraciadamente, a continuación, de la prensa en general?

Mantengo que las palabras que se han empleado participan de la misma lógica de presión sobre la justicia. Palabras como “la víctima”, en vez de la “presunta víctima”, cuando se habla de una joven de la que no se sabe nada, puesto que la policía -algo es algo- preserva su anonimato, y cuya acusación tendrá que ser validada o no por los abogados y el tribunal. Pero si esa joven es ya “la” víctima, Strauss-Kahn es ya “el” culpable y eso significa que está todo dicho y que no hace ninguna falta reunir al gran jurado, o tal vez sí, pero solo para levantar acta de lo que la jauría ya habrá decidido.

Quiero precisar, de paso, pensando en aquellas y aquellos que parecen creer que la lucha contra la banalización de la violación pasa por la pulverización de los derechos de la defensa, que considero que la violación y el intento de violación son crímenes; que, si se confirma el crimen, la presunta víctima tendrá derecho no solo a esa “compasión” que, de pronto, invocan continuamente los demagogos esperando adecuarse así a la todopoderosa opinión, sino a una reparación acompañada de un castigo para el culpable. Pero mantengo: primero, que por el momento, mientras la justicia no haya terminado su trabajo de reconstitución, confrontación y verificación de los distintos puntos de vista, “la” víctima solo es una presunta víctima, y segundo, que, en el caso de que el presunto culpable finalmente resulte ser inocente, sería él la víctima de todo este affaire y sin reparación posible.

Mantengo que los que se sorprenden de que alguien no tome partido por principio por la “mujer pobre e inmigrante” contra el “hombre blanco, rico y arrogante” que se supone la ha violado están inventando una justicia de clase a la inversa; no como la de antaño: “malditos pobres, los ricos siempre tienen razón”, sino “malditos ricos, la palabra de los pobres es sagrada”; y este prejuicio es tan indignante como el anterior, ni más ni menos. Esta inversión recuerda, al menos en Francia, el tristemente célebre caso de Bruay-en-Artois, donde, a comienzos de los años setenta, un notario fue declarado culpable de un crimen -por ser burgués- del que más tarde, una vez que remitió el viento de la histeria y su existencia había quedado truncada, se supo que en realidad no lo había cometido; este recordatorio pone los pelos de punta.

Mantengo que, por consiguiente, hoy más que nunca, este drama nos sitúa frente a una urgencia: hacer callar a los gritones; proteger al inculpado con los mismos escrúpulos -y cuán lejos estamos de ello- que a la presunta víctima; denunciar este toque de acoso, este rebato, que son como un castigo anticipado y cada día, como en un mal programa de telerrealidad, nos dan a conocer una nueva peripecia (hace apenas unas horas que un hotel y luego un campus universitario se han negado a recibir a Strauss-Kahn, el paria, y a Sinclair, la apestada); y dejar que la justicia haga serenamente su trabajo de esclarecimiento de la verdad.

Dominique Strauss-Kahn es amigo mío. Pero no defiendo a un amigo, sino un principio. –

Traducción de José Luis Sánchez-Silva para diario El País de dónde se tomó este texto.

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