Sobre Wittgenstein y su judeidad: una tesis radical

De Wittgenstein se ha dicho de todo. Para algunos -como John Maynard Keynes- era Dios, para otros era un obseso irascible. Su vida personal es revisada al detalle en el vano intento de esclarecer su biografía pues cada descubrimiento revela una personalidad aún más compleja. En lo personal, mi acercamiento al filósofo no había sido muy entusiasta, su ‘odio absoluto’ por la mínima falta de precisión expresiva, me lo figuraba no como un ídolo sino como un engreído excéntrico, pero bueno, desde algunas semanas el filósofo Marcelo Díaz, irrumpe de modo hebdomadario con una re-visita empática desde la teoría del conocimiento al polémico autor y, ha traído nuevas luces a este profano en filosofía analítica.

Por Jorge Zeballos S.

Es que entusiasma ver como fulgura el profesor de la escuela de filosofía de la Usach cuándo relata el ya mítico episodio conocido como ‘el atizador de Wittgenstein’. Díaz narra con gracia aquel verano de 1946 en el Cambridge Moral Science Club dónde a propósito de la visita y exposición de Karl Popper titulada: “¿Hay problemas filosóficos?”, un iracundo Ludwig Wittgenstein refuta y finalmente exasperado, coge el atizador de la chimenea y lo blande contra el invitado, exclamando: “¡De usted un ejemplo de regla moral!”, la respuesta de Popper es genial: “No se debe amenazar con un atizador a los conferenciantes”, Wittgenstein que no estaba para discutir ‘sentidos profanos’ de la filosofía abandonó la sala dando un portazo. Sólo su maestro de entonces, Bertrand Russell logró después apaciguarlo.

No hay duda, la biografía de Wittgenstein logra interesar y busca ‘hacer pensar’ sobre lo que lleva a un hombre a renunciar a su enorme fortuna familiar para dedicarse a la filosofía analítica. Es que no es fácil intentar penetrar en una de las mentes más poderosas del siglo pasado, un enfant terrible que pareciera vivió toda su vida al limite del suicidio, la misantropía y el rigorismo textual y verbal, pero que su ultima frase, dicha en el lecho de muerte fue: ‘Tell them, I had a wonderful life’ (dígales, que tuve una vida maravillosa). Por eso aquel contexto usachiano me hizo recordar las notas que tomé de un libro que alguna vez tuve en mis manos en una biblioteca bonaerense: Wittgenstein and Judaism: A Triumph of Concealment (Studies in Judaism) de Ranjit Chatterjee (2005. New York, ed. Peter Lang). Un audaz intento de traer luz sobre la comprensión religiosa wittgensteiniana, de sí mismo y del impacto sobre su filosofía.

Wittgenstein y el judaísmo: El triunfo de la ocultación, es una publicación sin traducción castellana aún y que va más allá de trabajos similares como “La Herencia Judía de Ludwig Wittgenstein: Su Influencia en Su Vida y el Trabajo” (Transcultural Psychiatry, Vol. 43, No. 4, 533-553) de Henry Abrahamovitch que analiza la forma de trabajo wittgensteiniano, en concreto; su método de investigación y el peculiar carácter literario de su obra, revelando su notable semejanza con la del Talmud hebreo, o el paper “Importancia del judaísmo para la filosofía de Wittgenstein” (Inquiry, Vol. 43, No. 4, 2000, 383-401) de David Stern. Textos de suyo fascinantes, que tocan la relación de Wittgenstein con su judeidad. Una conexión enrevesada que surge, no sólo por la difícil personalidad del filósofo sino también a consecuencia de la propia y problemática naturaleza de la judeidad como noción filosófica, un horizonte filosófico que el propio Wittgenstein no pudo resolver. En palabras de la editorial, impresa en la contratapa “Esta nueva lectura radical sugiere que Wittgenstein se entiende mejor como un intento encubierto de pensar judío en tiempos de letal antisemitismo (…) Escrito en estilo participativo, esta poderosa e inesperada comprensión de Wittgenstein incluye un capítulo sobre su relación con el postmodernismo (Levinas y Derrida), un epílogo personal, un apéndice sobre su descendencia, y una completa bibliografía.

La tesis de Chatterjee, doctor en lenguas eslavas de la universidad de Chicago, no se trata en todo caso de una idea del todo original. Sus biógrafos coinciden en reconocer en Wittgenstein un sujeto muy religioso, tal vez una suerte de místico religioso contemporáneo preocupado del destino del hombre. Incluso, buena parte de los motivos de su ruptura con Russell es precisamente a causa del ateísmo militante de su maestro. Más allá de los argumentos ambos filósofos se inscriben en una vertiente muy propia del pensamiento judío de la época, como es la reevaluación con lo numinoso y el fenómeno religioso. Lo hizo el alemán Franz Rosenzweig con su “ateísmo religioso”, el francés Vladimir Jankélévitch y su especulación sobre la muerte y el perdón, Walter Benjamin con su ángel de la historia, y el mismo Emmanuel Levinas de quien ya se puede afirmar que revolucionará, no sólo la fenomenología sino también la teología judía a medida que esta incorpore su idea que el tiempo (y sus implicancias textuales) no debe dejar de entenderse como experiencia de duración, sino, como un dinamismo lleva para otro lado, donde el tiempo aparece como alteridad inalcanzable y así produce una alteración del ritmo y sus giros. Ciertamente Wittgenstein está lejos, muy lejos de la theologia gloriae y trinitaria católica, el dvekut (apego a Di’s) mesiánico del jasidísmo, la teología de la recompensa en el evangelísmo latinoamericano) o la pureza rigorista del salafísmo,

Con todo, el punto por donde los biógrafos de Wittgenstein se detienen, el lingüista Chatterjee prosigue pues sobre la identidad del vienés sostiene tres tesis:

1) Que Wittgenstein se concibió a sí mismo como judío.

2) Que Wittgenstein de modo consciente en su escritos filosóficos, en varias señas, se hizo eco de diversos temas judíos, y

3) Que la preocupación de Wittgenstein por estos temas persistió a lo largo de su vida y quehacer filosófico.

Las poco más de doscientas páginas del libro enmarcan la obra de Wittgenstein como un intento de llevar a sus lectores de modo paulatino pero en un decurso ineluctable, desde el mundo del pensamiento no-judío al pensamiento judío como parte de la solución a los profundos problemas de la filosofía o la religión y la ética (pág. 189). Y en esto consiste la radicalidad de la propuesta de Chatterjee pues hasta donde sé, nadie había postulado una lectura de Wittgenstein como un judío proselitista.

Esta idea se desarrolla a lo largo de cinco capítulos. En el primero, discute varias cuestiones de la obra filosófica de Wittgenstein y describe el alcance y efectos que sus escritos tienen en diversas disciplinas. En el capítulo dos, aboga por la unidad del pensamiento wittgensteiniano, su rechazo de la metafísica y su interés en la religión y la ética. Para Chatterjee la conocida transición del viejo Wittgenstein al nuevo Wittgenstein se puede comprender en términos de una transición en el estilo pero no en la sustancia. En mi opinión esta es la parte débil del texto en razón de un exiguo tratamiento del nuevo Wittgenstein, el de los Cuadernos Azul y Marron. Y es deuda porque el “segundo Wittgenstein”, es el que hace comparecer el concepto tan propiamente judío de los “Juegos del lenguaje”, marcando con nitidez el punto de inflexión entre el viejo Wittgenstein del Tractatus logico-philosophicus (1921) y el último Wittgenstein de las Investigaciones filosóficas (1953).

El capítulo tres entra ya en materia. Comienza con uno de los aspectos más controvertidos en la biografía de Wittgenstein, su fascinación por el texto Geschlecht und Charakter (Sexo y Carácter, 1903) del atormentado Otto Weininger, un joven y celebre ensayista de la sociedad austriaca. Provocador, misógino, homofóbico y antisemita, siendo él mismo homosexual y de origen judío, Weininger inquietó a la burguesía vienesa incluso después de su suicidio a los 23 años. Contrariamente a los biógrafos de Wittgenstein, por ejemplo, Bāela Szabados, Gerhard Wasermann y Ray Monk, que asumen la recomendación que del libro hiciera Wittgenstein a sus amigos como una expresión de su respaldo a su contenido, Chatterjee es persuasivo al sostener que la intención de Wittgenstein al recomendar el libro, no significa endorsar su contenido, sino que lo recomienda por ser un libro digno intervenir y criticar latamente, en especial por la preocupante popularidad que alcanzó en las audiencias de habla germana. Una suerte de lectura que uno debía enfrentar éticamente. En otras secciones de admirable erudición, Chatterjee contextualiza otros numerosos comentarios y declaraciones que Wittgenstein realizó sobre el judaísmo y los judíos, donde a menudo se incluía a sí mismo entre los judíos a los cuales se refiere. El concepto es entregar pruebas de un ineludible Wittgenstein judío, consciente de su propia identidad de modo claro, o a lo menos, digno de consideración en cualquier reconstrucción de su pensamiento.

Más aún, el libro no sólo sostiene que Wittgenstein se concibió a sí mismo como judío, también sostiene que Wittgenstein deliberadamente se hizo eco de varias aproximaciones judías en su filosofía. Para el autor en sus escritos filosóficos se refleja una expresa auto-identidad judía en términos de un compromiso con los temas e ideas del corpus hebraicum.

Así, en los capítulos tres, cuatro y cinco, Chatterjee expone las semejanzas entre las preocupaciones filosóficas de Wittgenstein y cuestiones típicamente halájicas, por ejemplo, la preocupación por lo que se puede y no se puede decir (isur veHeter), por el estado de los textos escritos y su utilización. El énfasis en la apertura del texto para interpretar es una característica capital tanto en el pensamiento de Wittgenstein como en la tradición hermenéutica judía. A modo de ejemplo, la comparación entre la concepción de los limites del Tractatus, la doctrina de Maimonides y su correlación con la teología negativa es a menudo esclarecedora. Chatterjee destaca (p.116) la comunión entre el filósofo y la tradición hebrea respecto la Ley Oral, donde el concepto de que un texto escrito está incompleto permanece mientras no suceda la interpretación oral.

Sin embargo no todo es ‘manzanas con miel’, los argumentos a favor de un Wittgenstein auto-consciente en diálogo filosófico con estos temas es problemático. El mismo Chatterjee lo reconoce; Wittgenstein no mostró un interés manifiesto en los textos tradicionales judíos. A la luz del Tratactus, Wittgenstein no examinó nunca el Talmud, ni tampoco aparecen de modo explicito en sus textos, pensadores con énfasis en la cognición como los españoles medievales Maimónides, o Yehuda HaLevi.

Ahora bien, un punto fuerte de Chatterjee es lo difícil de imaginar que la educación de Wittgenstein respecto de la reflexión filosófica judía pudiese ser sólo producto del estudio de los dichos y juicios de escritores que sus biógrafos reconocen como formativos, por ejemplo, la mera lectura de Spengler, no le proporcionaría los conocimientos necesarios, para no mencionar el necesario interés, para el andamiaje de un diálogo realizado o a lo menos tributario de la fuerza tradicional de temas y escritores judíos.

Así pues, incluso asumiendo que las proposiciones en Wittgenstein and Judaism: A Triumph of Concealment fuesen correctas, es decir: Sí, podemos sostener que Wittgenstein en cierto sentido se concebía a sí mismo como judío; la naturaleza de esa identidad judía continuará siendo oscura. Paradoja del trabajo de Chatterjee, su texto no esclarece al vienés lo complejiza aún más. El misterio de la cuestión judía en Wittgenstein se ve reforzada por el silencio del filósofo acerca de eventos ineludibles para el horizonte judío de su tiempo como la Shoá y el establecimiento del estado de Israel, acontecimientos que, desde una perspectiva judía, hubiese sido muy difícil pasar por alto. También hay excepciones, pero parecen confirmar la regla, en un diario publicado bajo el título de Denkbewegungen (1997) hay un comentario fechado en 1937 que es una suerte de llamado a los judíos, pero poéticamente enunciado de modo críptico. Ahora bien esto no debe sorprender pues no se trataría del primero o último judío con una relación contradictoria o difícil con su identidad. Además, hoy también sabemos que los años de post guerra fue tiempo de absoluto silencio respecto al trauma judío, y que empezó sólo a ser rasgado con el juicio a Eichmann en Jerusalén en 1961. En efecto para la mayoría, “ser judío” significa per se, una irremediable relación de tensión sino enfrentamiento con su colectivo.

De igual modo, su relación confesional con la religión nunca podría ser la base para situarlo en algún horizonte religioso formal. Su biografía personal y familiar, plétora de conversiones al protestantismo y el catolicismo, es parte de la dificultosa experiencia, compartida con otras miles de familias judeoeuropeas que creyeron de buena fe que a partir de la emancipación de las juderías en el siglo XIX, la integración y normalización, pasaba por la asimilación o la adopción de ritos cristianos. Un buen ejemplo lo coloca el propio filósofo cuando sus dos alumnos preferidos, Elizabeth Anscombe (considerada la más grande filosofa angloaméricana del siglo xx) y Yorick Smythies, se convirtieron al catolicismo, Wittgenstein comenta que no podría creer en las cosas que ellos profesan.

Como conclusión, aún asumiendo la tesis del profesor Chatterjee, que Wittgenstein se identificó a sí mismo como judío, las evidencias sobre la relación entre Wittgenstein y el pensamiento judío clásico son pocas, y en muchos casos podría tratarse de coincidencias. ¿Esto significa que el libro es malo? No, muy por el contrario, frases que incluso se formulan en estilo especulativo son lo suficientemente excitantes como para proseguir una línea de investigación seria, por ejemplo cuándo escribe: “Wittgenstein parece que se ha dado cuenta de la íntima, incluso inevitable conexión entre el judaísmo y el pensamiento lingüístico”. (p.132, cursiva en el original).

A mi juicio se trata de un libro que sorprende y estimula por eso espero con ansia el momento de su traducción al español. Para Ralph Blumenau quien reseña el libro en 2006, el texto está bellamente escrito y eso que él cree que nadie puede escribir bellamente sobre la Postmodernidad, algo que mi limitado inglés me impide apreciar. Blumenau observa como la admiración de Chatterjee por Wittgenstein brilla a través de todo el texto, como asimismo la empatía y el conocimiento del judaísmo que el políglota académico norteamericano nacido en Calcuta muestra es a la vez “conmovedora e impresionante”.

Finalizo con una reflexión personal. Recordé algo que uno aprende en cualquier clase de introducción al Talmud; la polivalencia extraordinaria de la palabra hebrea דבר-dávar, que significa ‘palabra’, y también ‘hecho’, ‘realidad’, pues para la tradición judía el significante está inextricablemente fundido con el significado. Eso significa que la palabra דבר ‘palabra’ no es una tékhne como en el horizonte griego-escolástico, es dávar, ‘realidad en sí’. Ergo, debemos reconocer entonces que el ‘segundo Wittgenstein’ cuándo lega en Investigaciones filosóficas su famoso aforismo ‘Words are also deeds’ (Las palabras son también hechos), es bastante probable que lo que habla ahí es su tradición hebrea. Como opina Blumenau “Sería fascinante si él sabía que era así” pero quedará abierta la pregunta si podemos asumir que él quería que también fuese entendido así su pensamiento.

4 comentarios en “Sobre Wittgenstein y su judeidad: una tesis radical

  1. su ‘odio absoluto’
    es genial

    No significa nada…

    Dificil d entender al Mr Ludwing…
    Los tipos medriocres suelen mesclar “genial” con el contenido q no entienden, y jamas sabran a q se estaban referiendo, pero, claro, “es genial”

  2. mm la verdad no tengo clara cual es la tesis principal de ludwing, es como medio complejo y pss me dejaron de tareita, para filosofia del derecho ademas de muxos mas jaja si me pueden ayudar…

  3. Más mediocres, me parece, son los que escriben con faltas ortográficas del tipo “mesclar” (es con “z”), y no se detienen ni siquiera a observar cómo se escriben los nombres en otras lenguas: no es “Ludwing”, sino Ludwig.

  4. El señor Popper es un filosofo que existio y Wittgenstein es eterno.
    Ojo con los horrores de ortografia!
    Tal vez quisiera decir algo sobre como le enseñaron.
    Si escribes mal tendras castigo.
    No es genial es increible.

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