‘Política judía, cultura judía’: El marxismo yankee

Leer a Louis Proyect es toda una experiencia. Se trata un personaje del marxismo gringo, una suerte de Andree Jouffé recargado o Herman Schiller sin tragedia. Informático de la Universidad de Columbia ha dedicado toda su vida al activismo político. Es conocido por ser fundador de Marxmail, el sitio de conversaciones heredero directo de la primera lista de correos sobre marxismo en Internet (colectivo Cucaracha, julio 1994). Como buen judío del ala yankee más izquierdista, atesora su militancia en el US Socialist Workers Party (SWP) durante los 70’s; el viaje de rigor a la Nicaragua sandinista en los 80’s y, el activismo por la justicia social en la Sudáfrica post apartheid. Entre sus hobbies incluye el trote, bicicleta, ajedrez y escuchar música y escribir sobre todo, incluso cine chileno.

Su activismo comenzó en el movimiento trotskista americano en 1967 con ocasión de su maestría en la New School University (NY). Sin embargo, “pronto y a pesar de mi profundo respeto por León Trotsky como pensador marxista” ve al trotskismo norteamericano como un error sectario. En los años ochenta, como tantos, fue activo en el movimiento de solidaridad con América Central y en CISPES, una ONG que envió programadores informáticos y otros profesionales cualificados a colaborar con el gobierno del Frente Sandinista. El proyecto se extendió al sur de África y significó una potente experiencia de colaboración con el Congreso Nacional Africano y la mítica SWAPO angoleña. La era de Internet le permitió crear el ya clásico foro marxista y una multitud de otras iniciativas como la puesta en línea de The American Socialist, una revista sobre trotskismo disidente de la década del 50’, y la creación de un pequeño archivo con los escritos de James M. Blaut (1927-2000), geógrafo y antropólogo además de intelectual y revolucionario.

Así es Louis Proyect, incorregible, porfiado, punzante. Su mundo es a veces simplista pues parece dividirse entre el bando de los opresores y el bando de los oprimidos; otras veces es complejo y gusta de hacer rabiar a los creyentes en el eslogan “otro mundo es posible”. He traducido libremente un texto suyo escrito hace exactamente diez años. Antes de la caída de las torres gemelas, de Camp David 2 y la Segunda Intifada. Del tiempo cuándo los palestinos-israelíes aún se definían como árabes-israelíes, el ídisch no estaba de moda, y no se confundía hasbará con identidad. Antes de trastocarse la calle judía, de vigías críticos de Beilin y Rabó a gruppies embobados por Rahola y Perednik… Prácticamente, antes de todo. Escrito con un estilo vibrante, pasa revista desde su rechazo juvenil a los tefilín hasta su entusiasmo por el en ese entonces naciente hasidísmo radical, disquisiciones dónde el publico judío latinoamericano podrá reconocer que las divagaciones y agobios de la judería latinoamericana no están tan lejos de las de un personaje como Proyect.

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Política judía, cultura judía

Traducción de un texto (1998)  de Louis Proyect

Hace un par de semanas Howard Stern [el famoso productor y comentarista de radio] había punzado mi cuerpo al burlarse de los rituales que había tenido ocasión de ver en el Bat Mitzvá de la hija de un viejo amigo, sobre todo respecto a los “tefilín” que su amigo portaba. Los tefilín son correas de cuero que contienen una cajita en un extremo que los hombres -y sólo los hombres- enrollan alrededor de su brazo según una forma cuidadosamente prescrita. En la cajita hay escritas unas miniaturizadas escrituras judías. Cuando llevas tefilín, se debe tener mucho cuidado de no romper las reglas de rigor.

Tal vez el reciente despertar en la cultura judía y la política de izquierda de las generaciones precedentes llegará a una nueva generación de judíos. El estado de Israel hace mucho tiempo dejó de actuar como un polo de atracción. Es hora que los judíos entiendan que sus intereses están con gente como los palestinos y los pies negros y no los imperialistas que fomentan la creación de exclusión de Israel. Ese sería un retorno a las auténticas tradiciones del pueblo judío”.

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Yo también usé los tefilín alguna vez. Acababa de finalizar mi Bar Mitzvá, el rito de paso para los niños judíos al llegar los 13 años. Mi padre me dijo que a partir de la semana siguiente sería parte del minián “donde podría actuar como un verdadero hombre judío”. Así que diligentemente asistí a todos los servicios matutinos durante una semana, donde fue instruido en el viejo arte de poner los tefilín del modo adecuado. Las palabras no pueden describir el sentimiento de alienación y de vergüenza que sentía al enrollar las correas alrededor de mi brazo. No sólo tenía ahora que levantarme una hora antes, sino que me veía obligado a participar en un ritual absolutamente extraño. Yo pensaba que una vez “barmitzveado” podría dejar atrás el sombrío mundo de la sinagoga, de igual modo que la graduación ponía fin a la tortura de la escuela secundaria.

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Me negué a ir a esos servicios de la mañana. En poco tiempo dejé de ir a la sinagoga y se sentí totalmente liberado. Mi único objetivo era estar plenamente asimilado a la sociedad americana. La idea de hablar hebreo o idisch y participar en esos rituales esotéricos me era repugnante. Leía Goodbye Columbus de Philip Roth y me sentía fuertemente identificado con todos los personajes masculinos más o menos de mi edad que luchaban para cortar los lazos de identidad judía que sus padres habían traído a América de Europa oriental.

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Y esa es -en general- la forma en que me he sentido la mayor parte de mi vida adulta. Salvo ciertas excepciones. Los sábados por la noche, cuando me acuesto en la cama leyendo alguna revista marxista u otra, por las estaciones de radio los religiosos realizan sus programas de conversación. Me gusta el estilo, la calidad de la conversación, en especial al contrastarlo con la anodina basura comercial del resto de la banda radial o, peor aún, de la televisión. El sábado por la noche, toda la programación de WMCA es judía. Disfruto en particular “Tonya” que consiste en los comentarios de un rabino hasídico en peculiar mixtura de habla idisch y canciones que se refieren a oscuros pasajes Talmud. No entiendo una palabra de lo que el rabino dice, pero el sonido de su voz –suena a un remota antigüedad- me encanta. También escucho “Mosiach in the Air” donde Schmuel Butman [rabino Jabadnik de Crown Heights, Brooklyn] encuentra todo tipo de pruebas numerológicas en apoyo a la inminente llegada del Mesías. Siempre me pregunto si Louis Farrakhan [líder de un radical y autoritario movimiento negro norteamericano] recibió su inspiración al escuchar a Butman.

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Por alguna razón que no comprendemos en plenitud, el interés por la cultura judía ha sido explosiva los últimos tiempos. Mucha de ella se centra en el Knitting Factory de Nueva York, el famoso club nocturno de vanguardia donde los músicos más estrafalarios buscan mostrarse. El saxofonista de jazz John Zorn ha sido en gran parte pionero del movimiento con su cuarteto Masada, que sintetiza el hebreo y melodías folk con los armónicos conceptos de Ornette Coleman. El grupo de Zorn realiza a menudo presentaciones con artistas de ideas afines bajo el rótulo general de Radical Jewish Culture. Su página web http://www.tzadik.com entrega interesante información sobre el movimiento.

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Knitting Factory inició recientemente una nueva serie de grabaciones dedicadas a este concepto que llama Jewish Alternative Movement (JAM). Su CD inaugural [1998], lleva por título “Una guía para los perplejos”, y contiene interpretaciones o ejecuciones musicales de Hasidic New Wave como el tema “Men Trinkt Mashke” (Los hombres beben whisky) y lecturas de la artista experimental Judith Sloan. En “Denial of the Fittest” Sloan describe su formación como actriz, y la forma para deshacerse de su inflexión judía al hablar. Ella observa: “Did you ever notice that actors sound like they come from nowhere?”

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Anoche en el Knitting Factory había una “All Jewish House Party” y Sloan estaba allí. Además, hubo una muestra del trabajo de jóvenes judíos cineastas, la mayoría de ellos estudiantes de la Universidad de Nueva York. También hubo un adelanto de un documental en progreso llamado “Divan”, que tiene los ingredientes de una obra maestra.

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“Divan” es la historia de los esfuerzos de un grupo de judíos hasídicos de Brooklyn por traer un sofá desde Hungría a su vecindario. El ornamentado sofá fue utilizado por generaciones de famosos rabinos que visitaron el pequeño poblado judío antes de su genocidio en la Segunda Guerra Mundial. La directora de la película es Pearl Gluck, una estudiante de la Universidad de Nueva York, que alguna vez fue parte de movimiento hasídico. El film no es sólo acerca de la búsqueda de un sofá que simboliza la identidad judía, es también el tratamiento de la propia identidad individual de la autora al lidiar con sus conexiones con la religión y sus confines.

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La película se ambienta en Hungría, donde ha sido enviada a localizar el sofá. Ella se reúne con sus familiares, incluida una tía anciana que ha abandonado el hasidísmo, la fe de su juventud para convertirse en comunista. Ella es todavía es miembro del partido. La familia se sienta alrededor de la sala de estar para discutir de política y religión con sus visitas de Estados Unidos. El comunista dice, “No hay antisemitismo en Hungría” Su hijo Jibes retruca, “Bueno, por supuesto, no había ni antisemitismo”.

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Pearl Gluck finalmente dirige su rumbo a la pequeña aldea en donde se guarda el viejo sofá. La parte más conmovedora de la película es su conversación con un hombre mayor, el cuidador del sofá y de muchas otras reliquias religiosas del tiempo de apogeo de la gran comunidad judía húngara, antes de la Segunda Guerra Mundial. Él lleva a Pearl a una visita por los edificios donde se celebraron los servicios judíos, los lugares donde se realizaron cenas festivas y por los espacios donde los rabinos visitantes hacían uso de la palabra. Con lagrimas en los ojos, el anciano le indica que todas las personas que ahí vivían fueron asesinadas, a excepción de unos pocos supervivientes como él. Él dice que es como el trigo, donde algunas espigas escapan de la ciega. Es evidente que, luego de su conversación con Pearl el sofá permanecerá en Hungría, el sitio donde tiene una conexión espiritual con el pasado.

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El primero de marzo, asistí a una conferencia: “In Gerangl-En Lucha, El legado activista del Bund”. Patrocinado por el YIVO (Instituto de Investigación Judío) de Nueva York, que fuera también uno de los co-patrocinadores de la película de Gluck junto con otras dos agrupaciones, Jews for Racial and Economic Justice y el Jewish Labor Bund.

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Uno de los oradores fue Paul Buhle, con quien yo había intercambiado emails desde un par de años atrás cuando me invitó a escribir una entrada para la nueva edición de la Encyclopedia of the American Left. Descubrimos que teníamos muchas afinidades políticas y culturales y sería la primera vez que nos reuniríamos en persona. Buhle introdujo el panel sobre “The Bundist Legacy and Contemporary Activism”. Sus observaciones se refirieron a la función de los judíos de izquierda en la cultura popular, uno de mis temas favoritos.

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Lo más destacado de la conferencia fue sin embargo, un discurso de Motl Zelmanowicz, un veterano del Jewish Labor Bund que relató la lucha contra el fascismo en la década de 1930. Habló con una estertórea y potente voz en idisch, utilizado los mismos gestos dramáticos de los trostkistas de edad avanzada con los que me había encontrado en la decada del 60. Los socialistas y los movimientos obreros de la década de 1930 eran mucho más teatrales que en la actualidad.

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Le siguió ese mismo día pero más tarde, Abraham Brumberg [falleció en febrero de este año], un importante historiador y politólogo que había pertenecido al grupo de jóvenes del Bund. Brumberg pone al Bund en su contexto político e histórico. Como muchos de ustedes probablemente saben, el Bund y Lenin se enfrentaron sobre su derecho a la autonomía política. Los judíos polacos y rusos usaron su condición de nacionalidad oprimida como argumento para mantener una organización separada de la socialdemocracia rusa, a saber, el Bund.

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Esto les ganó la reputación de ser los “chicos malos” en la historiografía oficial marxista-leninista. Mientras más viejo, más me doy cuenta que esa historiografía está llena de agujeros. En el caso particular del Bund, debe entenderse que mantuvieron una mirada militante, de lucha de clases, a través de toda la historia, hasta que el genocidio llevó al Bund a su fin. Ellos se identificaron con la “Segunda Internacional y media” como Trotsky se burló de ellos.

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Toda la cuestión del genocidio y la supervivencia cultural ha estado en mi mente en un contexto totalmente diferente en los últimos meses a causa de mi investigación sobre la difícil situación de los indios americanos. Al igual que los judíos, los aborígenes fueron víctimas de un genocidio. En la reunión moderé la mesa donde Ward Churchill [polémico profesor de la Universidad de Colorado] presentó su nuevo libro “A Little Matter of Genocide” [1997], que aborda en un capítulo las analogías entre el genocidio judío y los indios americanos.

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Trato de imaginar cómo es ser un indio americano hoy, donde muchos de mi pueblo -supervivientes de un holocausto americano- están, ya sea, desempleados, sub-educados, enfermos o adictos al alcohol o las drogas. Sumado a los sufrimientos económicos, se enfrentan a la lenta pero constante erosión de su cultura. La insidiosa televisión trabaja en contra de la preservación de las lenguas indias. El pueblo pies negros, por ejemplo, se enfrentan a la extinción de su lengua Pikuni, que ha hablado durante 30.000[sic] años. Tampoco hay duda de que mis fuertes tendencias ateas vendrían en un segundo lugar a la necesidad de preservar también mis tradiciones religiosas. Todas estas instituciones trabajan en conjunto para ayudar a mantener una identidad nacional.

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Una perspectiva similar, sin duda, explica la empresa sionista. Es trágico que esa campaña para la supervivencia económica y cultural se llevara a cabo a expensas de otra nacionalidad oprimida. [Para Ward Churchill] los judíos lo habrían hecho mucho mejor si después de la Segunda Guerra Mundial su lucha por la emancipación nacional hubiese apuntado a suelo alemán en lugar de las tierras árabes. Si los sionistas hubiesen anunciado que su objetivo era el convertir Sajonia en una patria para los judíos -o Pensilvania o Texas- entonces, la lucha habría tenido una dimensión progresista en vez de una dimensión reaccionaria.

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Lo cierto es que, por lo menos, cuando Churchill se queda en la lucha de los indios americanos, su militancia es mucho mejor entendida. ¿Puede imaginar lo que se sentiría ser un judío en Alemania a principios de 1950 si uno de los equipos de fútbol lo adoptara como mascota? Porque en ese tiempo existía un equipo llamado Hamburgo Jewboys y el símbolo era la caricatura de un judío de nariz grande y labios carnosos

Tal vez el reciente despertar en la cultura judía y la política de izquierda de las generaciones precedentes llegará a una nueva generación de judíos. El estado de Israel hace mucho tiempo dejó de actuar como un polo de atracción. Es hora que los judíos entiendan que sus intereses están con gente como los palestinos y los pies negros y no los imperialistas que fomentan la creación de exclusión de Israel. Ese sería un retorno a las auténticas tradiciones del pueblo judío.

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3 comentarios en “‘Política judía, cultura judía’: El marxismo yankee

  1. talvez esta persona no esta interezado por que lo hicieron vivir como una tortura la religion pero creo que toda doctrina tiene diciplina talvez fue tan fuerte que no le convencio del todo por ello solo le gustan ciertas cosas

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