El jazmín blanco es la flor nacional de Túnez, simboliza la pureza y tolerancia de su pueblo. También es el nombre que tomó la seguidilla de hechos insurreccionales contra el gobierno autocrático llamada “Revolución de los jazmines”. La rebelión culminó el 14 de enero pasado con la caída del régimen después de 23 años de ferreo dominio. Pero cuándo se supo que Zine El Abidine Ben Ali abandonó el país con rumbo a Arabia Saudita, en las ciudades y pueblos repartidos a los pies de los montes Atlas salieron las personas a la calle a celebrar; sus vecinos a orillas del río Nilo los imitaron. Frente a la embajada de Túnez en El Cairo los jóvenes se concentraron para saludar la revuelta bajo la consigna: “¡Ben Ali, pasa a recoger a Murabak [presidente de Egipto] para llevártelo al exilio!”. No fue la única ciudad árabe dónde hubo manifestaciones de apoyo, más o menos permitidas. Se repiten a estas horas en Amman, Nazareth, Beyruth, Marsella, París, Quebec y Rabat.
Lo cierto es que la calle árabe sigue con entusiasmo los sucesos de Tunicia, no así los liderazgos gubernamentales que los observan con cautela, por ejemplo Egipto y Qatar, han sacado comunicados oficiales tardíos e insípidos, el resto de los Gobiernos árabes guardan silencio. Marruecos a prohibido las manifestaciones públicas de apoyo. Por su parte, los analistas se preguntan sobre el derrotero de los acontecimientos futuros; y por otro los tomadores de decisión política a lo largo del Magreb y Medio Oriente anotan las consecuencias de gobernar sobre ciudadanos con grados crecientes de bienestar social y educación pero al mismo tiempo con altos grados de desequilibrio social, niveles excesivos de corrupción y militarización, y vicios políticos impresentables.
¿Cuál será el curso de la Intifada de Sidi Bousaid?,










