
The Americas unite for peace and for the progress of human kind. Autor: Washington, D.C. (1939-45) : El Coordinador de Asuntos Interamericanos
Por: Jorge Zeballos S. 01/10/2008
El profesor Abraham F. Lowenthal, reputado especialista en temas latinoamericanos, norma que respecto a las relaciones interamericanas estas continuarán siendo definidas por “los desafíos y las oportunidades globales, por las presiones y las demandas internas tanto en Estados Unidos como en América Latina”. Esto es, conforme la marcha de los acontecimientos regionales y subregionales, y fundamentalmente por “por los grandes designios en todo el hemisferio”. Se describe un decurso que seguirá siendo complejo por tanto las formulaciones y discursos facilistas, es decir aquella narración o construcción que satisface las exigencias de todos los objetivos pero recortándoles un pedacito: disminuir los actores involucrados, buscar las causas de las asimetrías en el Otro, justificar el amiguismo, y confundir lealtad con servilismo, harán que las relaciones entre Estados Unidos y América Latina y el Caribe a decir de Lowenthal “sigan siendo complejas, principalmente bilaterales, de múltiples facetas y a menudo contradictorias, y que no pueden ser expresadas en amplios fraseos o paradigmas simples”.[1]
Para el siglo que se inicia pareciera que el continente americano se enfila hacia la elaboración de una agenda con América del Norte que tiene dos tareas por delante: La primera, formular una manera de pensar y ejecutar una manera de actuar para dichas relaciones. Es el de que habla Lowenthal. Se trata que “Hoy Estados Unidos ya no puede adoptar y poner en práctica la “política latinoamericana”, aplicable a la región entera. La “Idea del Hemisferio Occidental” — según la cual los países de América Latina y Estados Unidos están juntos y aparte del resto del mundo con intereses, valores, percepciones y políticas compartidos — ya no es aplicable, sea que se le mire desde Washington o Buenos Aires, Santiago, São Paulo o Brasilia.”
Pero para un exitoso Managing to the Intermestic Agenda, como postula Rusell Crandall a propósito de la política de Estados Unidos sobre narcotráfico durante la administración Ernesto Samper,[2] Latinoamérica y en especial la gouvernance[3] regional debe ocupar en formular agendas para este tipo de relación. Siempre a sido así. El historiador de las ideas, profesor del Instituto de Estudios Avanzados-Usach, Eduardo Devés-Valdés consigna esta realidad, son las elites las que formulan agendas para sus naciones o regiones: los japoneses de la Meirokusha hacia 1870, los panafricanistas en 1945 luego del congreso de Manchester, lo9s eslavófilos rusos hacia 1840, la corriente salafísta, de Al –Manar, dentro del islamismo hacia 1900; la generación romántica en América Latina hacia 1840; la red del Repertorio Americano hacia 1925 y la generación del 98 en España, son algunos de los casos más conocidos.[4] El filosofo argentino Alejandro Korn (1860-1936) habló de sentar las “nuevas bases” sentando un piedra basal en el desarrollo de un proyecto intelectual para el Cono Sur.[5] Lo mismo Lowenthal cuando concluye que “las propuestas y los proyectos para las relaciones interamericanas deben provenir sobre todo de América del Sur, pues es muy improbable que hoy Washington proyecte una visión o ejerza la conducción hemisférica en un mundo de espectros y compromisos múltiples, intensos y distantes y de relaciones cada vez más entrelazadas entre vecinos”.[6]
Repasando la historia inmediata de la relación Norte-Sur del continente
Conocer la historia inmediata puede ayudar a tomar conciencia y despejar nuestra ingenua mirada hacia el centro. Así Latinoamérica puede ayudar a ‘conjurar’ un atavismo que exaspera a muchos, como es; la constatación que la región se encuentra “en un estado claramente menor al deseado, y al proyectado”. Ergo, “debe asumirse que hemos pensado mal y/o actuado mal. Los objetivos fueron inadecuados o lo fueron los medios para lograrlos. Devés-Valdés estima que lo más probable es que se trate de ambas cosas juntas. Una suerte de remolino permanente que enturbia el desarrollo de las relaciones regionales y que hace decir a Abraham Lowenthal que “Las relaciones entre Estados Unidos y los países de América Latina comenzaron el siglo XXI de un modo un tanto confuso”.[7] Un período que no es ni amplio en cooperación interamericana como tampoco un extenso conflicto. O en palabras del profesor Universidad de California del Sur: “aunque paradójicamente se advierta una cooperación sin precedentes en un entorno cada vez más conflictivo”.[8]
Algunos autores como Robert Pastor, antiguo colaborador en el gobierno de Jimmy Carter, ex embajador en Panamá y ex consejero de la campaña electoral de John Kerry, han llamado al involucramiento errático de Estados Unidos en conflictos latinoamericanos, y a su incapacidad para resolverlos adecuadamente, precisamente así: conducta remolino.[9] La invasión de Panamá, y los recientes ‘palos de ciego’ en Bolivia son algunos buenos ejemplos.
La política estadounidense hacía Latinoamérica se puede describir como fluctuante entre el olvido de la región y el surgimiento del pánico cuándo los acontecimientos parecen inclinarse en una dirección adversa.[10] Este ciclo es congruente con el punto de vista en el sentido que los motivos norteamericanos son primordialmente estratégicos, y no económicos o políticos: Estados Unidos no trata de imponer sistemas políticos ni de explotar economías, sino más bien de evitar el posible surgimiento de gobiernos o políticas hostiles. Escribe Pastor. “Estados Unidos no quiere controlar, pero tampoco quiere que los acontecimientos se salgan de control (…) Si se adicionan estas contradicciones apareadas, a la zanja que media en cuanto a poder y riqueza, entonces se comienza a comprender la política estadounidense con respecto a la región”.[11] No deja de ser sugerente esta caracterización de la política como un ‘ciclo de olvido y pánico’ también nos dice algo acerca de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina
Por eso para influir en el cambio político, normalizar el equilibrio de las relaciones entre los Estados Unidos y América Latina, y escapar del remolino que parece atrapar al hemisferio en ciclos improductivos, Estados Unidos debe adaptar sus objetivos a manera de tomar en consideración otras perspectivas nacionales. En vez de la confrontación con el nacionalismo en pos de un objetivo unilateral, una senda más eficaz es la búsqueda de un objetivo multilateral modificado. La mejor prueba de la eficacia comparativa de la estrategia indirecta multilateral está en que el régimen de los comandantes del Frente Sandinista sobrevivieron al ataque frontal de Ronald Reagan, pero no lograron prevalecer cuando George Bush padre tocó retirada y la arena pasó del campo de batalla a la urna de voto.
Como muestra Lowenthal hasta fines del a Segunda guerra Mundial la contribución de Estados Unidos al desarrollo económico de la Latinoamérica había sido marginal. Pero el contexto de la Guerra Fría cambió de modo radical las cosas. Las nuevas políticas colocaron los cimientos de la Alianza para el Progreso, pero como sabemos el ímpetu real de la iniciativa de John F. Kennedy fue la radicalización de la revolución cubana y el temor que se extendiera. En marzo de 1961 Kennedy dio a conocer la Alianza, que fue la mayor aproximación al Plan Marshall que Latinoamérica jamás presenciaría. Congreso y corporaciones estadounidenses proporcionarían compromisos por 40.000 millones de dólares por 10 años. Se abrió un debate. J.P. Morray, uno de sus sostenedores, argumentaba que la Alianza representaba el “uso de los fondos públicos estadounidenses en la batalla por reabrir Latinoamérica a los inversionistas norteamericanos”.[12] Arthur Schlesinger, otro fundador de la iniciativa, se mostraba en desacuerdo, y consideraba que la Alianza se centraba principalmente en el apoyo a la democracia y al cambio social; la empresa privada debía desempeñar allí un papel, pero éste no debía ser “el principio determinante, ni el ético único”.[13]
La Alianza se hizo multilateral en Punta del Este, en agosto de 1961, cuando los lideres convinieron una declaración de noventa y cuatro objetivos. Uno de ellos: infundirles a las elites latinoamericanas una actitud desarrollista. Se esperaba de los latinoamericanos que multiplicaran la inversión estadounidense, y esto así ocurrió.
La Alianza hizo surgir expectativas, el mencionado Arthur Schlesinger, admitió que “logró mucho menos de lo que sus fundadores habían esperado” Las evaluaciones del programa son diversas; algunos dicen que fue bien intencionado, pero que “perdió el rumbo”; otros argumentan que nunca abordó los problemas estructurales; y otros aun consideran que fue un éxito. En el plano de los niveles de ayuda, la alianza ni siquiera se acercó al Plan Marshall; pero debido a que Latinoamérica no poseía ni la infraestructura física ni la técnica para utilizar el capital, los dos planes no se debieran comparar directamente.
El presidente Lyndon Jonson otorgó menos importancia al cambio social y la democracia, que al desarrollo económico. Este cambio se debió tanto a la desviación de interés y recursos hacia Vietnam, como al hecho de discernir que las metas sociales y políticas trazadas para Latinoamérica eran una labor mucho más ardua y compleja de las previstas originalmente por la Alianza. Kennedy lo alcanzó a decir: “Se requerirá de un trabajo difícil y doloroso, durante un largo periodo de tiempo”.[14]
Los presidentes Richard Nixon y Gerald Ford también se centraron en otras regiones y problemas. Pero Latinoamérica no necesitó esperar la atención del ejecutivo de EEUU. Los prestamos y la asesoría del BID y el BM, poco a poco vinieron a suplantar la ayuda estadounidense. Arthur Pastor explica como a principios de los 70’s los prestamos de estos bancos representaba el triple del monto de la ayuda estadounidense. También los bancos privados comenzaron a aprestar dinero. Cuando en la década de 1970 surgió la crisis del petroleo y su precio se encareció, aumento la demanda y oferta de dinero. Es el tiempo del Boom económico y como sabemos muchos gobiernos latinoameriocanos se excedieron en sus préstamos.
La administración Reagan empleó una nueva expresión, “economía del lado de la oferta”, para pregonar una antigua formula de laissez-faire para el desarrollo. La idea era reducir impuestos y el poder del estado, en Estados Unidos y el extranjero.
Pero en 1982 el secretario de Hacienda de México declaró que su gobierno no podía seguir pagando sus compromisos con la deuda, Estados Unidos se dio cuenta el grado de vinculación de las dos economías. De haber caído México en incumplimiento, hubiera arrastrado a la bancarrota a la mayoría de los grandes bancos estadounidenses. En consecuencia, se ayudó a México a reestructurar su deuda.
Reagan y su administración insistió en la idea que no había una ‘agenda intermestica’, que nada tenían que hacer en la región salvo la hegemonía dentro del concierto bipolar. La crisis de la deuda latinoamericana era un problema de los gobiernos de la región y los bancos. No obstante, tras informes sobre la formación de un cártel de países deudores, el secretario de tesoro, James Baker redescubrió una formula de intervenir de modo indirecto: Utilizar los bancos de desarrollo internacionales (hasta la fecha, desechados por Reagan por considerarlos espacios de socialistas y estatismo desarrollistas). En 1985 se dio a conocer un plan que recurría a ellos para otorgar más crédito a la región. En 1989 Estados Unidos aceptó la necesidad de alivianar la carga de la deuda y vinieron una serie de reducciones. Eso implicó de facto la aceptación por parte del hegemon de una agenda intermestica.
La ultima de estas aventuras fue la calurosa aceptación en la región de la propuesta de Bush en cuanto a generar un área comercial hemisférica de libre transito, esto tuvo como consecuencia dar un tumbo total de la postura de la región –desde la dependencia extrema del mercado y la ayuda norteamericana (1945-1965) hasta la exigencia de un diálogo Norte-Sur y la reducción de la dependencia (1965-1985) para pasar ahora a una nueva forma de asociación general.
Si acompañamos esta reflexión con los cambios sociales durante ese período no nos quedaría más que concordar con Antonio Ortiz cuando expresa que “los cambios que han tenido lugar en América Latina desde 1961 son prácticamente revolucionarios”, y afirma que no hubiesen podido ocurrir si la Alianza para el Progreso. [15]
Conclusiones
Con todo, tras el final de la guerra fría, el profesor Lowenthal y Pastor, como también otros, ven perspectivas halagüeñas en la relación Estados Unidos-Latinoamérica fundadas en la ampliación de las formas democráticas en Latinoamérica y en el crecimiento de las relaciones económicas entre los países del continente.
El movimiento hacia un comercio más libre entre EEUU y las naciones de la región ofrece una promesa aún mayor tanto para el desarrollo de la región como para unas relaciones más cooperativas. Estados unidos tendrá un creciente interés económico en el comercio con la región, que compensará y quizás vendrá a sustituir el interés en las cuestiones de seguridad, que comparadas con el nivel de significación y atención que tuvo durante la segunda mitad del siglo XX, se puede decir que están en declinación. En palabras de Eduardo Devés-Valdés, ha llegado el tiempo de producir los necesarios cruzamientos interdisciplinarios, abrirse a nuevos problemas, temas y paradigmas y potenciar la sinergización de los gestores y difusores de estas relaciones, teniendo la libre circulación de intelectuales, conocimiento e información como condición necesaria.
[1] Abraham F. Lowenthal. “Estados Unidos y América Latina a inicios del siglo XXI”. En Foreign Affairs En Español, Enero-Marzo 2007. http://www.foreignaffairs-esp.org/20070101faenespessay070117/abraham-f-lowenthal/estados-unidos-y-america-latina-a-inicios-del-siglo-xxi.html
[2] Russell Crandall. Explicit Narcotization: U.S. Policy toward Colombia during the Samper Administration, 2001. School of International Studies, University of Miami. Suspecting that his electoral campaign had received contributions from the Cali drug cartel, the U.S. government considered Colombian president Ernesto Samper (1994-98) an enemy in the drug war. U.S. antidrug policy accordingly targeted not just illicit crop cultivation, traffickers, and money laundering but also the democratically elected president himself. This case study analyzes the often complex interactions between dominant and subordinate states, especially when the dominant state’s involvement in the subordinate state is driven by domestic political concerns.
[3] Concepto de reciente difusión para designar a la eficacia, calidad y buena orientación de la intervención del Estado, que proporciona a éste buena parte de su legitimidad en lo que a veces se define como una “nueva forma de gobernar” en la globalización del mundo posterior a la caída del muro de Berlín (1989).
[4] Eduardo Devés-Valdés. Cartas a la intelectualidad. Estudiantes universitari@s y profesionales del conocimiento de América Latina y el Caribe. Editorial Grafitti
Santiago, Chile, 2007, pp 37 y sig.
[5] Dante Ramaglia. (2002): «Filosofía y praxis emancipatoria: una perspectiva para evaluar el proyecto intelectual de Alejandro Korn», en Biblioteca Juan Filloy, Universidad Nacional de Río Cuarto, vol. V Encuentro del Corredor de las Ideas, nº Ponencias de la Comisión A. http://juanfilloy.bib.unrc.edu.ar/completos/corredor/corredef/comi-a/RAMAGLIA.htm
[6] Lowenthal, idem.
[7] Abraham Lowenthal. “Estados Unidos y Latinoamérica en el siglo XXI” en Foro Sur. http://www.forosur.com.ar/pag_puntos03.htm
[8] Lowenthal, ídem.
[9] Robert A. Pastor. El Remolino: La política exterior de Estados Unidos hacia América Latina y el Caribe. Ed. Siglo XXI, 1995. Página 35 y sig.
[10] Véase Lowenthal, Parters in conflict. Para otro resumen sucinto de este ciclo , veáse Virginia R. Y Jorge I. Domínguez, The Caribbean (Nueva york, Foreign Policy Association Headline Series 253, 1981) pp. 64-77.
[11] Pastor, ídem, pág. 36.
[12] J.P. Morray, “Estados Unidos y Latinoamérica”, en Gustav Ranis, ed., The United Status and developing economics (Nueva york, W.W. Norton, 1973), p. 301.
[13] La cita está tomada de un informe que se elaboró para Kennedy mientras se conformaba la Alianza. Arthur .Schlesinger, A thousand days: John F. Kennedy in the White House (Boston,Houghton Mifflin, 1965), p. 196.
[14] Discurso en Miami ante la Asociación de Prensa Interamericana,18 de noviembre de 1963, reproducido en Public papers of the presidets of the United State: J. F. Kennedy, 1963 (Washington, D:C:, Government Printing Office, 1964), pp. 872-877.
[15] Antonio Ortiz Ma, “Superando la inercia”, en Scheman, rd., The Alliance for Progress, p. 130.




