La laicidad francesa, las tensiones por las practicas de las nuevas identidades minoritarias basadas en la religión y el debate que se suscita, es siempre un referente para Occidente. En su edición del 18 de enero, Le Figaro publicó el texto de Daniel Farhi, Stephen Berkowitz y Célia Surget, tres conocidos rabinos del movimiento judío liberal de francés, ellos ponen paños fríos al entusiasmo que buena parte de la kehilá a puesto en las reivindicaciones estrictamente religiosas. Pretensiones basadas en la libertad religiosa pero que debilitan el carácter fundante de la judeidad francesa; la laicidad.
[Traducción Jorge Zeballos]
“Digámoslo de golpe: a pesar de las vicisitudes de su historia en el seno de nuestro país (en particular el antisemitismo del caso Dreyfus y los años del nazismo), los judíos adquirieron un estatus satisfactorio y honorable, al igual que otras comunidades confesionales. En el paisaje laico de la Francia republicana, ellos pueden conciliar, sin grandes problemas, fidelidad a su fe ancestral y también su ciudadanía.
Las decisiones de Grand Sanhédrin de 1807 permitieron salvaguardar a la vez la judeidad, la laicidad y la ciudadanía de nuestros antepasados del siglo XIX. Hoy, en nombre de una laicidad mal interpretada, algunos de nuestros correligionarios presentan exigencias poco conformes con el espíritu que animó a los redactores de Grand Sanhédrin. El Talmud mismo ya lo había enunciado en el famoso principio de: Dina demalejhouta dina «La ley del reino (del estado) es la ley». Conforme a este principio el judío está comprometido con la ley civil de su país en la medida en que no le fuerza a actos inmorales (homicidio, adulterio, idolatría). ¿Pero entonces, cómo comprender las reclamaciones interpuestas ante la Haute Autorité de lutte contre les discriminations et pour l’égalité (Alta Autoridad de lucha contra las discriminaciones y para la igualdad o Halde), por parte de algunas asociaciones judías? Creado el 2004, el Halde tiene como misión general, luchar contra las discriminaciones prohibidas por la ley, proporcionar la información necesaria, acompañar a las víctimas, e identificar y promover las buenas prácticas para introducir en los hechos el principio de igualdad. No parece -a priori- que las peticiones de demandas registradas estos últimos meses, procedentes de dichas organizaciones judías, entren en el marco de acciones de discriminación o ataques a la libertad.
En Francia, cada uno puede reivindicar su identidad sin olvidar su ciudadanía, necesaria para integrarse a la comunidad nacional, no asimilarse. Este matiz es esencial: La ciudadanía instruye a los miembros de todas las minorías nacionales sobre el hecho que la República no les pide desaparecer culturalmente o religiosamente, sino que, conservando sus tradiciones, asumir una ciudadanía leal y razonable.Bien lo comprendieron los miembros de Grand Sanhédrin en 1807; pero es lo que algunos no parecen comprender hoy, al acumular reclamaciones cada vez menos compatibles con una ciudadanía verdadera. Su esfuerzo por el espacio público iría en contra de la laicidad francesa, a la cual estamos férreamente atados.
Algunos ejemplos recogidos en el informe del ministro del Interior y Cultos, a propósito de su visita el pasado 22 de noviembre al Consistorio de Francia plantean: «La preocupación de la gente (…) sobre el curso de la comunidad judía», respecto a «el sistema de contribución de donaciones, la kashrut (…), las plazas laborales para judíos religiosos en los cementerios (…), el calendario de exámenes para los alumnos y estudiantes judíos (…), el alimento kasher en los hospitales, los sistemas de entrada de ciertos edificios en shabbat …». Fuerza es constatar, frente a esta enumeración, que la comunidad judía emite allí exigencias que son formas de privilegios que van bastante más allá de las reglas de una laicidad bien comprendida. Si cada minoría nacional tiene pretensiones similares, hay que temer que en la vida del país se paralice la integración -tan deseada por el poder público- de los musulmanes. ¿Falta recordar, por ejemplo, que los puestos confesionales en los cementerios municipales son derogaciones, y no un derecho en sí? En relación con la cuestión de los digicodes a la entrada de los edificios,[1] es inadmisible querer imponer las prohibiciones del shabbat con el pretexto de ser una práctica ortodoxa de algunos arrendatarios judíos, y a costa de la seguridad y de la tranquilidad del resto de los ocupantes de estos edificios.
Nosotros podemos comprender el deseo de algunos de vivir según todas las prescripciones de su religión, pero la admisión nacional de las costumbres de las minorías no es posible en un país en que hay siglos cristiandad y que, por añadidura, se propone integrar a otras minorías. A través de los siglos, al aceptar la divisa de la República: libertad, igualdad y fraternidad, los judíos aceptaron implícitamente también esta otra divisa: Judeidad, Laicidad, ciudadanía”.
Hasta ahí la opinión de los rabinos liberales. Las respuestas no se han hecho esperar. Defensas y criticas, desde dentro y fuera de la comunidad judía. Una de las más valiosas, la de Haïm Korsia, secretario general de la Asociación del Rabinato Francés, el 23 de enero. Este debate lleva su tiempo en Francia y se hecha de menos en Chile. Para el caso particular de la kehilá andina, se aprecian recientes intentos de hacer comparecer la identidad judía en el espacio público mediante reivindicaciones religiosas. El caso más reciente es la cuestión de la suspensión de asistencia y exámenes universitarios en Iom Kippur, no mediante acuerdo voluntario (como ha sido de modo tradicional) sino como una obligación que el prestador de servicios educacionales consigna en sus reglamentos internos. Algunas universidades privadas han aceptado de buen grado los requerimientos de estudiantes judíos que lo han propuesto. Ese es el primer paso. Sin embargo, como exponen los rabinos liberales, la cuestión es más compleja: afecta directamente a como la sociedad chilena entenderá lo judío y quizá más importante, como lo judío entenderá la sociedad chilena en las próximas décadas.
[1] El Tribunal Supremo de Francia ha sentado jurisprudencia respecto a la no obligación sobre un arrendador de instalar en la propiedad un sistema de cierre mecánico y no del tipo digicode, al ser prohibido el uso de toda fuente de energía en la religión judía el día de Shabbat (Civ.3ème, 18 décembre 2002 : «les pratiques dictées par les convictions religieuses des preneurs, n’entrent pas, sauf convention expresse, dans le champ contractuel du bail et ne font naître à la charge du bailleur aucune obligation spécifique» “Las prácticas dictadas por las convicciones religiosas de los arrendatarios, no entran, excepto convenio expreso, en el campo contractual del arriendo y no originan a la carga del arrendador ninguna obligación específica”).








